En el Ucayali cuentan que la selva piensa. Entre sus sombras habita el Chullachaqui, guardián que imita rostros y extravía a quienes lo siguen. Algunos regresan cambiados; otros nunca vuelven. En la Amazonía, todo está vivo… y decide.
E
n los pueblos del Ucayali se cuenta que la selva recuerda los pasos. Cuando alguien olvida que el monte no es suyo y rompe el equilibrio del bosque, el Chullachaqui comienza a caminar para reclamar lo que es suyo.
Aparece cuando el día empieza a morir, cuando el sol se filtra entre los árboles y el bosque cambia de voz. Primero se oye un silbido bajo. Luego, pasos suaves sobre hojas secas.
Nunca se muestra como un monstruo, la trampa es peor: llega como alguien conocido. Un pariente, Un amigo, Un guía, Un niño. Es su don más peligroso: La imitación perfecta
Bitácora Amazónica
Su voz es tranquila, idéntica a la de las personas amadas; sus gestos, perfectamente reconocibles. Su sonrisa, confiable. Siempre invita a seguirlo.
—Por aquí es más rápido —dice—. El camino es seguro.
Quien acepta no siente miedo al inicio. Camina confiado y tranquilo, sin darse cuenta que ya cruzó un límite. Porque en el bosque hay zonas donde ni los animales entran, donde ni los nativos pisan, donde nadie tiene permiso. Y ese … es territorio del Chullachaqui.
Entonces la selva cambia y los árboles empiezan a parecer iguales; el sendero se repite como si el monte estuviera girando alrededor de uno; el aire se vuelve pesado y el silencio nace de golpe, como si algo hubiese ordenado callar al bosque entero. Es ahí cuando empiezas a sentirlo detrás, respirando despacio.
Un pie es humano y el otro es una pezuña de animal que traiciona la imagen perfecta de su cuerpo de mentira. De esa deformación proviene su nombre en quechua, chulla (desigual) y chaqui (pie), «el del pie distinto». Quien lo ve, quién nota ese detalle imposible, ya está perdido, porque el Chullachaqui no huye cuando lo descubres. Se detiene, te mira sin parpadear y su rostro deja de ser rostro: se vuelve antiguo, torcido, vacío, como un tronco que respira.
Después desaparece entre el monte, pero no para irse sino para cerrarte el camino. Te hace perder y caer en su trampa, una dimensión que se abre solo para quienes llegan con malas intenciones: gente que quiere extraer, cortar, quemar o dañar el bosque; gente que no sabe —o no le importa— que hay puertas que no deben cruzarse.
Una vez dentro de la trampa, te hace caminar en círculos separándote de los demás, desgastándote, rompiéndote. Hay quienes pasan horas creyendo que es de día, otros pasan días creyendo que solo han dado un paso. Y cuando estás listo, cuando la selva ya te ha tragado, dicen que el Chullachaqui regresa en su verdadera forma. Te mira desde muy cerca, se ríe y te deja allí. como presa del bosque y los animales que viven dentro.
Los abuelos cuentan que hasta los nativos temen su territorio. Saben que hay árboles que son fronteras y raíces que son advertencias. Saben que allí donde el suelo es demasiado limpio allí no deben entrar, porque ese no es un espacio vacío; es el territorio del Chullachaqui, un lugar donde solo él reina.
Características del Espíritu
Duente de aprox. 150 cm
Un pie humano y otro de animal
Capacidad de transformarse
En las zonas más profundas del Ucayali, grupos de pobladores de comunidades dentro del bosque —los que trabajan cerca de donde se extrae la madera— repiten una historia transmitida de generación en generación. Dicen que ocurrió hace años, aunque en el monte el tiempo es distinto: lo que pasó una vez se siente como si pudiera repetirse mañana.
Aquel día, cinco hombres abrían una nueva trocha. Santos encabezaba grupo, seguido por sus amigos Eleno, Pacora, Yucra y Don Mateo, un viejo duro como shihuahuaco, que nunca creía en nada. Caminaron desde temprano hasta que llegaron a un claro extraño. La hierba era bajita y pareja, como si alguien hubiese barrido el suelo, y en el centro se alzaba una lupuna gigantesca, tan gruesa que harían falta varios hombres para rodearla con los brazos.
El bosque estaba quieto, sin aves, sin insectos, sin viento, un silencio que no corresponde a la selva.
Eleno bajó la voz y dijo:
—Santos… este lugar no es nuestro. Este es territorio del Chullachaqui.
Yucra lo miró con susto mientras Pacora asentía despacio, como quien reconoce un sitio peligroso.
—Dejémosle mapacho y cañazo como ofrenda —propuso—. Ya saben la regla: si las ofrendas desaparecen podemos pasar, pero si siguen ahí… es mejor no tentar al destino.
Don Mateo, fiel a su carácter, soltó una carcajada.
— Déjenle lo que quieran — dijo — Ese duende es cuento para asustar novatos. La selva no tiene guardianes, tiene trampas.
Aun así, dejaron las ofrendas y regresaron al campamento. A la mañana siguiente volvieron al claro. Todo seguía exactamente donde lo habían puesto: el mapacho, el aguardiente, intactos.
Don Mateo sonrió con desprecio.
—¿Ven? Vamos de una vez. Este bosque no muerde.
Pero Santos sintió un mal aire. Miró a su alrededor con el estómago apretado.
— No — dijo — No hay que entrar donde no nos llaman. Busquemos otra zona.
Don Mateo chasqueó la lengua.
—Ustedes crean en sus duendes. Yo tengo trabajo que hacer.
Y avanzó solo, cruzando el límite del claro.
Pasaron horas, el sol bajó, la tarde se espesó como humo caliente y Don Mateo no regresaba.
Cuando por fin apareció ya estaba bien entrada la noche. Caminaba torcido, como si sus pies hubieran olvidado el camino. Tenía la cara blanca, los ojos abiertos de más, la respiración corta. Se dejó caer en un tronco.
—Hay… hay algo ahí —murmuró—. Me habló… Se rió de mí.
Nadie preguntó nada más. El silencio pesaba más que cualquier palabra. Don Mateo no durmió en lo que quedó de la noche. Se la pasó murmurando cosas sin sentido.
Al amanecer desmontaron el campamento. Nadie quería quedarse un día más.
Cuando llegaron al pueblo más cercano, Don Mateo se encerró en el bar de siempre y bebió cañazo como si quisiera borrar lo que había visto.
—Dijo… que nadie entra así —balbuceaba—. Que la selva no perdona al soberbio… Que hoy… hoy era mi último día…
Toda la noche habló solo, mirando la puerta del bar como si hubiera algo parado allí, esperándolo.
A la mañana siguiente se enteraron que Don Mateo había fallecido en una callecita detrás de la plaza. Dicen que cuando lo encontraron, su cara estaba torcida, como si hubiera visto algo, algo muy malo.
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