D
icen en Ucayali que este mito no nació lejos, sino dentro del propio pueblo. Cuentan que la Runamula fue una mujer casada que mantuvo un romance secreto con un cura del pueblo. De día caminaba como cualquier otra persona: Saludaba, cumplía sus tareas y guardaba silencio. Pero por dentro llevaba una carga pesada: el engaño y el miedo a ser descubierta.
La culpa no se dice en voz alta. El error pesa más cuando se esconde - dicen - Y pesa más todavía cuando se rompe una promesa. Cuando cae la noche, esa carga no la deja descansar. Entonces ocurre la transformación.
Dicen que su cuerpo cambia y se vuelve runamula: mitad mujer, mitad mula. Sus pasos retumban en los caminos y se galope se escucha desde lejos. Corre sin rumbo, furiosa, con fuego en la boca, como si el mismo dolor se le escapara en cada resoplido.
—No corre por gusto —advierte la abuela—. Corre porque no puede parar.
En la oscuridad no va sola. Según la creencia, el diablo la persigue. No para llevársela, sino para recordarle su falta una y otra vez.
—Eso es su castigo —dicen—. Correr sin descanso.
Al amanecer, la Runamula vuelve a ser mujer. Despierta golpeada, adolorida, exhausta, sin recordar lo que pasó durante la noche.
—El cuerpo recuerda lo que la mente borra —murmuran los mayores.
Pero la historia no termina ahí.
Se dice que, por las noches, la Runamula sale a recorrer los pueblos buscando a otras mujeres consideradas pecadoras. A aquellas que han engañado, traicionado o roto promesas importantes.
—No quiere estar sola en su condena —susurran—. Quiere que otras carguen lo mismo.
Cuando las encuentra, las sigue. El miedo, la culpa y el silencio hacen el resto. Así, otras mujeres pueden empezar a vivir el mismo destino: noches sin recuerdo y mañanas de cansancio y dolor.
Por eso, cuando se escuchan galopes en la noche, nadie sale.
—No mires —aconsejan—. No es para ti.
Este mito no se cuenta para burlarse ni para señalar. Se cuenta como advertencia de las promesas rotas, aquellas que siempre regresan. Y regresan de noche
Bitácora Amazónica
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